viernes, 9 de abril de 2010

Apellidos en todos los gustos


No se sabe cuándo empezaron a usarse los apellidos y a transmitirse a los descendientes, pero parece pensar que para distinguir una persona de otra que tenía el mismo nombre de pila, se añadiera el oficio, el nombre del padre o el lugar de procedencia. Por ejemplo, Juan el Herrero o Pedro el de la Villa, términos que acabaron convirtiéndose en apellidos. En la Edad Media se extendió la costumbre en Castilla y Navarra de añadir la partícula -ez al final del nombre del padre. Así, Sánchez, González o Gutiérrez indican que esas personas son hijos o pertenecen a la estirpe de Sancho, Gonzalo o Gutierre. Otras veces la filiación se señalaba uniendo la preposición de al nombre paterno: de Juan o de Lucas. La mayoría de los apellidos puede clasificarse por su procedencia en unos pocos grupos. Además de los citados patronímicos, relacionados con la familia a la que se pertenece, están los toponímicos, que se corresponden con localidades de origen o residencia –Burgos, Sevilla– o nombres de lugares: Torres, Castillo, Corral, Sierra o Montes.

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